Notas desde Drui

Gisela tiene solo dos años pero tiene la fuerza naso en la sangre. ¿Será eso lo que la hace magnética, fuerte, decidida en su infancia? Al preguntarle cómo está lo primero que responde es que le han tumbado la casa. ¿Quién? “policías malos”. No parece justo que los niños y niñas naso sepan lo que es una bomba lacrimógena, que sepan lo que es un tiro al aire o que caminen entre lodo ayudando a sus madres y padres a recoger la madera que se salvó de la destrucción durante el desalojo del pasado 19 de noviembre.

Tatiana, Cristy o Leisy tienen poco mas de 10 años y tratan de ser niñas cuando se les obliga a ser mujeres. Mientras las madres cocinan para los jóvenes que resisten en la denominada “trinchera” (el territorio en disputa) o alistan las cinco casas en las que se guarecen las familias que quedaron sin techo (en una sola casa dormían estos días entre 20 y 25 personas), las niñas lavan la ropa en el río, distribuyen el café para combatir la humedad y el frío en estos días de lluvia, viven por segunda vez una situación anti natura.

Estos niños y niñas saben en lo que están: en la defensa del territorio. Como los jóvenes que mantienen horas de refriegas con el retén de 10 policías antimotines armados hasta los dientes que permanecen en la explanada de Drui.  Con gritos y alguna piedra resisten los disparos de gases y algunos de bala calibre 12 que los agentes hacen emparapetados en la única choza que dejaron en pie durante el desalojo para cubrir se de la lluvia.
Mientras, la comunidad hace reuniones, piensa en estrategias, se pregunta “¿hasta cuándo esta humillación?”.. porque después de ocho meses de lucha, de duros campamentos de protesta en la capital, de reuniones con ministros, de promesas incumplidas, de engaños… parece que todo ha vuelto al 30 de marzo, cuando se dio el primer desalojo.

Ahora, al menos, hay más experiencia. Las familia alcanzaron a sacar sus enseres de las casitas precarias que habían levantado en la zona y se protegió a los menores para que el ataque de los antimotines no los afectara física y psicológicamente como la primera vez.

En las reuniones que hemos tenido estas noches, a los Naso les cuesta entender por qué la justicia blanca es tan lenta… y tan injusta. No tuve ninguna respuesta. Lo cierto es que cualquier atisbo de confianza en el sistema se desvanece al estar allá, presenciar la violencia simbólica y real del estado, las intimidaciones verbales de los gorilas que se hacen llamar policías, las mentiras, los bloqueos de la vía, las requisas, las retenciones arbitrarias…
También tuvieron palabras emocionantes y sinceras de agradecimiento para “esa gente que sin conocernos, nos manda ayuda, piensa en nosotros allá en la ciudad”.

Si algo los mantiene con fuerzas es sentir que no están solos en esta batalla, en esta tierra. En las noches, cuando el cansancio ataca y la cabeza da vueltas, se entretienen  con un televisor empujado por la planta para la que llevamos gasolina. Ven los vídeos de la lucha en la ciudad de Panamá, alguna película también que hable de amor o de guerras que no sean las suyas.

“Amigo… ¿usted cree que si la gente conociera cómo somos y cómo vivimos nos entendería más?”, me pregunta Alcides -el hombre de la palabra medida, de la semántica barroca pero precisa-. Imagino que sí, pienso yo. La vida en Drui no es fácil ni cuando las cosas van a su ritmo normal. La mayoría del año se vive entre lodo, sufriendo de hongos, de resfríos, de amebas… Hay niños que caminan dos horas y media para llegar a una escuela donde lo que les enseñan no es nada pero a la que apuestan todos los padres porque creen aún en la educación como un pasaporte hacia algún potrero mejor; la dieta -plagada de arroz y plátano- debe alimentar a estos cuerpos que trabajan  duro la tierra en unas lomas peligrosas que de vez en cuando se derrumban para recordarles que la naturaleza no siempre es benigna, la empresa Ganadera Bocas es una pesadilla que cuando no les dispara o les amenaza, les destroza aún más el precario camino de lodo y agua por el que entran y salen de las comunidades…

Gracias a la ayuda de ustedes, al menos, calculamos que hay comida para unos 15 días. Pero eso no es lo importante. Lo clave es que con la ayuda y la presencia llegó el ánimo, la fraternidad, la sensación de que la lucha que se libra en esas pocas hectáreas de tierra fértil es más grande de lo que parece.

El desalojo ha vuelto a frustrar la esperanza en una pronta solución, también aplazó de forma indefinida la final de fútbol entre el equipo de San San y el de Loma Bandera, igual que aceleró el sábado en la noche el parto de una joven que fue evacuada cuando ni la luna alumbraba las trochas ni los sueños.
La gente Naso es fuerte y quiere seguir en la pelea. Nosotros, en la distancia, también somos importantes, parte de esa resistencia. Que no pare.

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